Obsolescencia oficial

El móvil me va a “quedar obsoleto” – como dicen – dentro de dieciocho minutos. Yo lo llamo petar, vaya. Dejar de funcionar. Lo sé porque dentro de dieciocho minutos se cumplirán dos años exactos desde que lo fabricaron.

Las recomendaciones de la Comunidad Autónoma y el Ministerio de Industria y Comercio ya indicaban que “los usuarios mantendrán sus aparatos electrodomésticos en buen estado, y los renovarán de manera responsable cuando sus prestaciones o características sean razonablemente inferiores a las de otros modelos nuevos liberados al mercado”.  Esto se refería a neveras que consumieran menos, calentadores de gas más seguros o coches que soltaran menos azufre a la atmósfera. Y era una recomendación.

Hasta que sacaron el Real Decreto de Obsolescencia Oficial. Resumiéndolo: todo electrodoméstico, grande o pequeño, deberá ser fabricado con la fecha de obsolescencia programada en un chip, para que deje de funcionar – “quede oficialmente obsoleto”, como les gusta decir – en dicho momento. Así, los consumidores nos vemos obligados a renovar nuestros aparatos, contribuyendo patrióticamente a mover el mercado y por tanto al desarrollo económico. Sobre todo, de tres multinacionales.

Y de paso contribuimos con nuestro 50% de IVA a pagar la deuda pública.

Petó.

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¡Salud!

Me dirijo hacia la parada del bus, en el intercambiador. Es hora punta, casi no puedo andar. El murmullo del gentío es ensordecedor.

De repente, se hace un silencio sepulcral.

Los apresurados reducen el paso, mirando a todos lados. ¿Quién ha sido el desgraciado que ha estornudado? Miradas de expectación, temor, compasión, pena…

Inmediatamente, las omnipresentes UIP se abren paso a empellones hasta aquella mujer de ojos enrojecidos. Tendrá unos 50 años, tal vez algunos más. Lo que sí tiene, sin duda, es un gesto de terror infinito y desesperación. Boquea, intentado decir algo, gritar, pero no puede. Los agentes la empujan rápidamente hacia la salida y el furgón que los espera. Los demás contenemos la respiración, no sólo por lo terrible de la escena sino también por no inspirar el aire contaminado de virus, y algunos salen corriendo hacia el exterior.

Todos sabemos el destino de la mujer. Vicálvaro, y… el tanatorio de la M40. Será prejubilada de acuerdo a la ley, que prohíbe caer enfermo o vivir más allá de los 70 años (55, si se es parado de larga duración) para hacer sostenible el sistema de pensiones. Pensiones que, por cierto, ya casi nadie tiene derecho a cobrar según la legislación vigente.

Nos lo advirtieron en su día, pero pensábamos que era algo horrible, propio de obras de ficción como “La fuga de Logan”.

La realidad supera siempre a la ficción.

Mi cultivo ilegal

Salgo a la calle. Estoy temblando. No sé si es de hambre o por el furgón de policía estacionado frente a mi portal desde hace varias semanas. Tal vez se han enterado. Tal vez algún vecino me ha delatado en la página del ministerio del interior para cobrar su recompensa de 10 €. Alguien que ha visto a través de mi ventana, cuando he dejado las cortinas abiertas por descuido.

Hace siete años y medio que no consigo un trabajo remunerado, sólo como becario sin sueldo por periodos de tres meses como mucho. El subsidio de desempleo es cosa del siglo pasado. Mi maceta es todo lo que tengo. Y las pocas patatas que pueden crecer en ella. Desde hace algún tiempo todo lo que nos llevemos a la boca debe haber pagado impuestos, de una manera u otra. Quiero decir, más impuestos (el IVA del agua está ahora en el 33%). Ahora lo llaman Tasa de Sobrealimentación, aunque se aplique a partir del primer gramo de comida. Dicen que comemos por encima de nuestras posibilidades.

Todo empezó con aquellos jubilados de Xeraco. Ahora somos todos, a pequeña o gran escala, con beneficio económico o fisiológico.

Sigo temblando, alejándome de casa, cuando alguien me agarra el brazo y menciona mi DNI. Sé que estoy perdido…